Leyendas urbano-literarias (LUL-1): Las presentaciones son un tostón

Hace un rato he vuelto de la presentación del libro «El último barco a América» de Paco López Mengual,  un tipo encantador, y me decía a mí misma que no entiendo por qué  la gente tiene esa visión gris y aburrida de las presentaciones de libros, porque yo me lo paso fenomenal y por las caras que veía de todos los que han acudido hoy, ellos  también. Incluso algún despistado que estaba allí leyendo sin saber qué iba a acontecer, ha preferido dejar su libro como él mismo nos ha confesado al final, en el coloquio, para atender a la exposición de un López Mengual que rayaba en la genialidad.

Pero esa, la de que las presentaciones literarias son un truño, es una de las leyendas urbanas de este mundillo. Como la de que los autores nos llevamos mal.

Por circunstancias, entre aquellas en las que he participado y otras a las que he ido de amigos escritores, he asistido a muchas este año, y no puedo entresacar una en la que me haya aburrido. No es que aquello sea el Club de la Comedia, aunque alguna  como la de «La terrible historia de los vibradores asesinos», de mi amigo Miguel A. Buj estuvo muy cerca de serlo con un público entregado que a duras penas se mantenía en la silla.



Pero de cada una me he llevado algo bueno. Recuerdo las más recientes, como la de Anabel Botella el sábado pasado con su recién publicada «Angeles desterrados», en la que nos contagió a todos su optimismo, su positivismo, su ilusión,  y salimos de allí con ganas de leer la novela y una sensación de paz y buen rollo que sentaban fenomenal. O las dos anteriores, de Antonio Garrido o Santiago Posteguillo con sus últimas novelas, «El lector de Cadáveres» –ambientada  en la China medieval― y «Los asesinos del emperador» ―ambientada, como es tradición en Posteguillo, en la  antigua Roma―, en las que entre los autores y los presentadores Antonio Penadés y Alejandro Noguera, descubrimos un montón de anécdotas y detalles históricos de las épocas en que discurren sus historias, cosas curiosas del proceso editorial e incluso algún cotilleo personal. Citaría otras muchas  en las que no solo yo, sino todos los asistentes, estaban disfrutando con lo que allí se contaba, casi tanto como a buen seguro harían poco después con los libros que se presentaban. Cómo se le ocurrió la idea al autor, cómo o dónde  la escribió, por qué le dio este nombre a tal personaje, quién le inspiró aquella anécdota que resulta que no es inventada o como consigue captar la atención del lector.



Pero la realidad es que cuesta mover a la gente para ir a las presentaciones, salvo que el autor sea el último Best Seller, un consagrado o un personaje conocido por sus méritos extraliterarios, y eso que la entrada es gratis y no hay obligación  de llevarse el libro. Aquellas en las que se asegura que «se servirá un vino español» aun consiguen un cierto quórum, pero por lo general la asistencia es menor de la que cabría suponer, incluso con autores de renombre y además, los  que asisten a unas y otras son muchas veces los mismos, lectores empedernidos que le han cogido el gustillo a este tipo de actos, como un grupo de iniciados que saben lo que allí se cuece, y que casi están divididos por clanes, como el clan de novela  histórica que siempre se moviliza para arropar a los de su género pero rara vez se les ve navegar por otras orillas literarias.

No sé si la prevención hacia este tipo de actos tiene su origen en que los escritores de antes y alguno queda de esos entre los de ahora intentaban mantener una imagen erudita, distante, de superioridad frente a sus lectores y hacían presentaciones largas y sesudas que despertaban más bostezos que adhesiones; no lo sé, es una suposición y como tal injusta probablemente, pero  la realidad es que los escritores de hoy en día ―y sigo generalizando, ya lo sé― son bastante cercanos, amenos,  ocurrentes y convierten sus presentaciones en un acto cultural muy saludable. O yo he tenido mucha suerte hasta ahora.

Ojalá esa percepción cambie y llegue el día en que en las presentaciones se cuelgue un simbólico «no quedan localidades». Es una buena forma de decidir si vale la pena comprar o no un libro, apoyar a la cultura y pasar un buen rato.

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