Lectores «destroyer»

Cuando uno escribe y es consciente de que va a publicar, asume que es imposible agradar a todos los lectores. Incluso agradar a muchos es difícil, aunque tu aspiración sea hacer disfrutar a cuanta más gente mejor. Pero cada lector es un mundo y son muchos los factores ajenos al propio libro que influyen en que lo disfrute: el momento, las circunstancias, el tiempo disponible, lo que de él espera o le han contado, la opinión que le merece el autor…


Lo mismo le ocurre al lector cuando adquiere un libro ―o eso pensaba yo―: espera, esperamos, disfrutar con él, que proporcione momentos maravillosos en que vueles a otros lugares o vivas emociones intensas. En definitiva confías en que te guste aún a sabiendas de que no siempre sucederá. Pero lo lógico es que los lectores con experiencia acierten mayoritariamente en la elección de sus lecturas y sean pocos los desatinos. Lo que ya no es tan normal, o al menos a mí no me lo parece, es que un aficionado a la lectura se equivoque de forma reiterada y llene su biblioteca de títulos que le parecen infumables.

Lo comento porque me gusta pasear por las estanterías virtuales de lectores que me cruzo en el camino y que tienen títulos en común con la mía ―no hace mucho que estoy en Goodreads y me encanta como se organizan los libros―, ver sus valoraciones a libros que coinciden, comparar gustos y así decidir si otros que han calificado y no he leído o incluso nunca oí hablar de ellos, pueden gustarme. Y como digo, casi siempre en esas estanterías las valoraciones son favorables o alcanzan al menos el aprobado, con alguna desilusión esporádica.



Pero recientemente, y espero que no se moleste nadie,  me he cruzado con lectores cuyos anaqueles virtuales estaban plagados de «calabazas», vamos, que tenían un ojo que dios se lo conserve para elegir lecturas o los buenos se los guardaban para ellos solos sin hacer público su hallazgo. La mayoría de los libros no llegaban al aprobado y en los comentarios abundaban los términos despectivos, la ironía, los comentarios paternalistas hacia el autor, las interpretaciones en cuanto a sus intenciones al escribir así o asá y lo que le faltaba o sobraba. Me resultó tan curioso descubrir aquellas estanterías de la insatisfacción lectora que me entretuve en leer los comentarios y en concreto me centré en una de ellas. Sobre todo intenté buscar uno «aprobado» para saber qué había hecho que aquella rara avis saliera del fango colectivo; para mi sorpresa me encontré con que sus bondades eran las mismas que momentos antes, en la obra de otro autor que ha alcanzado unas cifras de ventas considerables y se ha hecho un nombre en poco tiempo, eran baldones insalvables. Lo que en la escritora A ―con una carrera dilatada en las letras― «salvaba» su novela del suspenso (y esto no lo digo yo, lo decía el autor del comentario) era lo que en el autor B se criticaba como defecto mortal. No me pareció que se tratara de lectores profesionales o críticos que por su trabajo leen lo que les mandan sin poder elegir. Tampoco son lectores ocasionales que han picado cuatro o cinco libritos para probar y han errado en la elección. Son lectores con cientos, tal vez cerca de miles, de títulos en su haber y de los que no salvan ni el 5{19d92153dfb98e74191b8f903c3be878fdc326dc3ae1df978264d2f2feca73e2}.


Me dio que pensar encontrar este tipo de lectores que no sé si llamarlos masoquistas, buscadores de reliquias ―por aquello de encontrar el libro perfecto― o perseverantes incansables. No termino de entenderlo, porque de aquella visión se deduce que la lectura les resulta desagradable en ocasiones suficientes como para abandonar la afición y pasarse al macramé. Pero no, siguen, y cuando menos despiertan mi admiración por su tenacidad. Como los que odian a un columnista pero no pueden evitar leer sus artículos cada día o cada semana para poder darle estopa con los amigos o en twitter.

Y al hacer esta comparación se me ocurrió pensar que tal vez lo que en realidad les causaba placer y los mantenía leyendo día tras día era eso, destrozar lo leído, aplastarlo, sentirse poderoso al tratar igual ―de mal― al superventas que al novato, y quedar por encima de todos aquellos «plumillas» que no habían sido capaces de conmover su alma literaria.

Es una motivación más para leer, aunque sea la de una minoría (por fortuna).

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