Marta Querol, escritora

Buscar
Vaya al Contenido

Menu Principal

Dos primeros capítulos

Su obra > Yo que tanto te quiero





Yo que tanto te quiero
Capítulos 1 y 2




I
TRES MUERTES Y DOS FUNERALES


1


Todo empezó muchos años antes, pero fue en el verano de 1976 cuando tuve la certeza de que la desgracia en nuestra familia aparece en lotes, como los botones o las cremalleras que usaban en sus negocios. Los recuerdos de esos días de principios de junio se agolpan desordenados en mi memoria, aunque están grabados en cada una de mis células, como parte de mi ADN. No tanto por los hechos, violentos y trágicos, sino por lo que aprendí. Apenas tenía yo once años, pero todavía puedo detallar cada palabra, cada gesto, cada sonido y estremecerme de nuevo como aquella niña asustada.
Entonces no lo entendí, la conversación sobre aquello fue tabú entre nosotras, pero con los años ―y gracias a los diarios encontrados mucho tiempo después―, comprendí la gravedad del episodio vivido en junio de aquel año: mi madre, presionada por alguien a quien al parecer había llegado a confiar incluso su vida, me llevó de la mano hasta la caja de seguridad del banco donde guardaba sus objetos de valor y, a la salida, ese hombre cayó abatido por un disparo de la Interpol a la que ella había avisado. Lo traicionó para defenderme a mí como no lo había hecho para vengarse y, aunque ganó esta batalla, las dos perdimos mucho aquel día. El origen de esta truculenta historia se remontaba a una más de entre tantas guerras afrontadas por aquella mujer incansable, Elena Lamarc, mi madre.
Horas después de esta traumática experiencia, salí del hospital con el brazo escayolado y un corsé imaginario que me oprimía el pecho, sintiéndome, paradójicamente, más niña e indefensa que nunca y a la vez, más adulta, como si mis once años pesaran más que al partir de casa aquella mañana. A esta edad yo no era capaz de entender los acontecimientos y la mano firme de mi madre no conseguía apartar los fantasmas que me asaltaban para robar el suelo bajo mis pies y dejarme en permanente caída libre.
La miré un momento de reojo. Su palidez y las profundas ojeras que horadaban su rostro confirmaron que todo había sido real. Ella me observó con preocupación.
―¿Estás bien, hija?
Yo asentí, y ella insistió:
―¿No te duele?
Me quedé pensando. Sentía una punzada indefinida en alguna parte de mi pecho, pero ella preguntaba por mi brazo escayolado. No, el brazo ya no dolía, pero mi expresión debía de decir lo contrario porque insistió. Un velo húmedo enturbió sus ojos verdes. Traté de explicarme y, de paso, buscar respuestas, rehacer la escena:
―Bueno... Me siento rara. ―Necesitaba preguntarle el porqué de todo aquello, pero me faltaban fuerzas para verbalizar mis dudas―. A ese hombre... ¿Por qué lo han matado?
Sentí su mano crisparse en la mía.
―¿Llegaste... a verlo? ―Más lo afirmó que lo preguntó, su boca contraída en un gesto de amargura.
―Sí. No lo entiendo, mamá. No había hecho nada, fue amable con nosotras.
Entonces y ahora lo recuerdo como un caballero bien parecido, de pelo cano, simpático y misterioso, que quiso invitarme a tortitas en Barrachina. Era difícil encontrarle lógica alguna a lo sucedido, aunque el comportamiento de aquel individuo hubiese mudado una vez subimos a la planta noble del banco.
Una lágrima rodó por la mejilla pálida y demacrada de mi madre. Respiró hondo y miró al cielo. Habíamos dejado de caminar por los pasillos del hospital, cerca de la puerta, y se agachó para abrazarme con fuerza contenida, protectora.
―A veces las cosas no son lo que parecen, Luci. ―Recompuso el gesto, limpió la gota furtiva, me besó y, de nuevo erguida, me miró con dureza―. No te fíes de nadie, hija. ¡Jamás! No existe un ser humano sobre la faz de la tierra de quien te puedas fiar.
Su tono, unido a aquella afirmación, me golpeó con brusquedad. Fue la primera vez que escuché aquellas palabras, pero no sería la última.
―De ti y de papá ―aseguré con aplomo, buscando algo seguro a lo que aferrarme― sí puedo fiarme.
Un atisbo de sonrisa no aplacó la crudeza de la respuesta:
―No te fíes ni de tu madre, ¿me oyes? ―Y con una mueca de amargura añadió―: Y mucho menos de tu padre.
La sentencia me produjo una quemazón instantánea, de hierro candente, para cicatrizar después y convertirse en una característica más de mi personalidad, como el color pardo de los ojos o el pequeño lunar de mi barbilla lo son de mi rostro. Sacudí la cabeza con fuerza para huir de estas palabras, pero allí quedaron y muchos de mis problemas futuros llegaron por mi afán de negación ante algo tan difícil de creer a tan temprana edad.


En la entrada del hospital esperaba un coche oscuro ―aunque no llevaba ningún distintivo, deduje que era de la policía―, del cual descendió un hombre, de traje y expresión también oscuros, para abrirnos la puerta. Hasta llegar a casa solo se escucharon los consabidos saludos y el rugir del aire al filtrarse por las ventanillas, bajadas al unísono en busca de oxígeno. Ninguna de nosotras encontró palabras con las que distraer el silencio y nuestro acompañante iba pensando en sus cosas, como si la parte trasera del coche fuera vacía. Yo me acurruqué contra mi madre y ella me abrazó y me besó en la cabeza.
Al entrar en casa, un baño de normalidad me alivió la opresión. El espejo del recibidor nos vio pasar, el plafoncito del pasillo continuaba tuerto y el sol filtrado por la cortina de lona azul acariciaba la salita dándole ese halo de bosque encantado que tanto me gustaba. El mundo que conocía sobrevivía en su sitio y me recibía con su abrazo.
Mi abuela o, mejor, mi madrina ―que es como debía llamarla para evitar las regañinas de su coqueta majestad―, salió a nuestro encuentro.
―¿Se puede saber qué pasa hoy? ¿Qué hacéis aquí? ―No reparó en la escayola que me cubría el brazo― ¿Tú no deberías estar en el colegio?
No supe qué contestar. Los acontecimientos me superaban. Era cierto, debería haber ido al colegio. Las preguntas se amontonaron en mi mente infantil ¿Por qué no había ido? ¿Por qué mi madre me había obligado a acompañarla en aquel extraño encuentro de final tan negro? No obtuve respuesta, ni respondí a mi madrina Lolo. Alcé la estaca blanca de mi brazo por toda explicación y me encogí de hombros esperando que alguien me aclarase las dudas. Al final fue mi madre quien reaccionó sin contemplaciones.
―Mamá, estamos cansadas ―cortó con un deje de hartazgo―. Ha sido un día muy difícil para las dos.
―Pero..., ¿qué ha pasado?
Miré a mi madre, expectante. También yo quería saberlo, más allá de lo evidente.
―Nos vimos envueltas en un enfrentamiento en el centro de la ciudad y Lucía se cayó. Se ha roto el brazo.
―¿Y qué hacías con Lucía en el centro de la ciudad, un lunes por la mañana?
Esta misma pregunta me la había hecho yo a cada rato.
―Tuve que ir al banco... Pero ahora, mamá, te aseguro que necesitamos descansar. ―Sin dar más explicaciones se volvió hacia mí con una sonrisa trabajosa―. Si quieres te ayudo a desvestirte, te pones algo cómodo y te echas un ratito.
Mi estado de ánimo no me permitía afrontar decisiones, ni siquiera una tan simple como qué prefería hacer en aquel momento, pero mis pies me condujeron hasta mi cuarto. Mientras ella desabrochaba los botones que con la escayola se me resistían, se frotó un par de veces el brazo izquierdo, molesta.
―¿Tú también te has hecho daño, mamá?
Insinuó haberse hecho un rascón y al subirse la manga del vestido morado descubrió dos franjas de un intenso rojo; un sarpullido enorme, como el que siempre le provocaba el esparadrapo. Era alérgica al adhesivo y se le irritaba la piel. Le señalé la coincidencia, pero me cortó con una de esas frases hechas que utilizaba cuando me metía donde no me llamaban:
―Menos pamplinas y date prisa. Venga, a la cama.
Miré el lecho con aprensión por segunda vez en mi vida. La idea de quedarme sola no me seducía en absoluto. Aunque me avergüence recordarlo ahora, todavía a esa edad muchas noches me despertaba aterrada sin motivo y llamaba a mi madre. Esta iba a ser una de ellas.
―Mamá, no quiero dormir ahora, prefiero estar contigo ―sugerí en un susurro.
Me apartó un mechón de la cara y me acarició. Me preocupó su dificultad para tragar, sonreír, hablar. Sacó fuerzas:
―Bueno, si quieres puedes ver la tele. O mejor, llama a Piluca y le preguntas si han puesto deberes. Si aún no ha llegado a casa, no tardará.
Sus esfuerzos por aparentar normalidad eran vanos.
―Es la última semana de clase, ya no hay deberes.
―Siempre te las arreglas para terminar viendo la tele... ―renegó― pero supongo que hoy no ha sido un día como los demás. Hale, ve a ver la tele, cariño.
Todavía no habíamos comido, pero ella no se dio cuenta y yo no me atreví a reconocer que tenía hambre.
No, aquel no fue un día cualquiera. Aún tuvimos la visita de aquellos hombres que ya estuvieran en casa el domingo. Vinieron solo dos, con sus trajes sombríos, su olor a tabaco rancio y sus caras de disgusto crónico. Ni me habían gustado el día anterior, ni me agradaron aquella tarde plomiza. Se reunieron con mi madre en el salón. Tampoco supe entonces el motivo de tan siniestra reunión, aunque la voz potente y enfadada de mi madre traspasaba la puerta de madera. Años después sus diarios me aclararían que eran miembros de la Interpol. Volvieron para interrogarla sobre los sucesos de aquella mañana, por si había obtenido alguna otra información relevante. No, mi madre no averiguó nada nuevo, debió de gritarles, pero les responsabilizó del enorme riesgo corrido. No entraré en detalles, pero nuestra aventura la forzaron aquellos mismos tipos desagradables que invadieron nuestra vida. Y mi madre los odiaba por haberla utilizado para dar caza al hombre que con tanta fuerza había amado, por recordarle quien era él en realidad, cómo la había traicionado antes de acabar muerto encima de mí.
Otro hombre en el que había confiado para terminar descubriendo que la utilizaba, incluso poniendo en riesgo su vida. No es de extrañar que lo ocurrido le dejara secuelas para el resto de sus días.


Tanto movimiento nos tenía nerviosas a todas. Mi abuela miraba de tanto en tanto en dirección al pasillo por el que llegaba la furia sonora de mi madre, para a continuación escrutarme esperando algún comentario por mi parte; pero yo estaba muda.
―Pero, ¿qué es todo este lío? ―La pregunta me cayó encima―. ¿Quiénes son esos hombres?
―No lo sé. Vinieron hace una semana y ayer uno... ―Recordé en ese momento que uno de ellos apareció junto a nosotras en la calle Barcas, nada más explotar la situación, pero no supe cómo explicarlo y no terminé la frase―. Parece que mamá se ha enfadado con ellos.
―Eso es lo único normal de todo esto, que tu madre se enfade con alguien.
Temiendo la siguiente pregunta busqué una excusa para escapar y me refugié en la cocina. Merendar me sentaría bien y por una vez agradecí la mudez de Adelaida. Hasta la odiosa tarea de limpiar los zapatos del colegio se me habría antojado una buena distracción, pero con el brazo en cabestrillo ni eso podía.
Llegada la hora de irme a dormir hice todo lo posible por retrasarla, pero mi madre se mostró inflexible, como siempre. No sirvió ninguna de mis excusas, y al miedo que ya tenía vino a acompañarle el miedo a sufrirlo en la soledad de mi cama. Di las buenas noches a mis tres mujeres, Adelaida ―la tata―, Dolores y mi madre. Ellas no contestaron, abstraídas con la televisión o sus pensamientos, y me quedé en pie a un lado como si el programa de entrevistas me pareciera lo más fascinante del mundo. Al fin, Adelaida, con su estilo habitual, me instó a moverme:
―¡Niña! ¿Que te crees que no nos damos cuenta? ¡Anda a la cama! ―Se levantó y me agarró por los hombros para dirigir mis pasos hacia el baño. Dio las buenas noches en mi nombre y en susurros me conminó a no disgustar a mi madre. No hizo falta contarle nada, dedujo que no había sido un buen día.
Tras la rutina habitual demorada por mis reticencias me arrastré hasta mi cuarto. Mi madre esperaba para acostarme. Hacía un par de años que no lo hacía. Hablamos de tonterías, como si no hubiera ocurrido nada, me arropó, me cubrió de besos y, antes de salir, encendió la lucecita verde que me acompañaba. La oscuridad me provocaba una angustia incontrolable desde pequeña, y la luciérnaga artificial que iluminaba con su extraño resplandor la habitación suponía un alivio y gracias a ella conseguí controlar la necesidad de hacerla regresar. Ese día temí a las sombras más que cualquier otro. Y también temí dormirme.
Observé el estampado de la cortina como acostumbraba a hacer cuando no quería pensar en otras cosas. Tenía un estampado moderno con lo que parecían flores grandes en colores rosas y marrones sobre un fondo blanco, y me gustaba concentrarme en buscar dibujos alternativos; me ayudaba a esquivar el desasosiego. A veces, después de distinguir caballos, conejos, montañas o avestruces, reconocía incluso el perfil de mi padre en aquellas manchas y entonces me sentía como si me hubiera tocado un premio o hubiera averiguado la respuesta más difícil de un concurso de televisión. Pero esa noche los dibujos fueron siniestros, ninguna cara familiar acudió a calentar el frío de mis temores.
Cuando mi madre entró en el cuarto, como siempre hacía antes de acostarse, me esforcé por respirar con tranquilidad aunque mi corazón y el pelo pegado a mi piel sudada se empeñaran en delatar la vigilia nerviosa. Se sentó en la cama, me acarició el cabello, me dio un beso dulce en la frente y, como tantos otros días, me hizo una pequeña cruz con el pulgar sobre el entrecejo.
Aunque, al contrario de las madres de mis amigas, la mía nunca acudía a misa, a veces me parecía verla rezar, y actitudes como esta me hacían pensar que no estaba tan lejos de la Iglesia como siempre afirmaba.
―¿Estás despierta? ―preguntó con suavidad.
Un «sí» temeroso escapó de mi garganta.
―¿Tienes miedo? ―Me apartó las greñas―. Estás sudando.
Asentí de forma casi imperceptible.
―Pues tendrás que ser fuerte y olvidar lo sucedido. A fin de cuentas no nos ha pasado nada.
En la penumbra verdosa no vislumbraba su expresión, pero supe que mi madre no creía en lo que decía. Se levantó de la cama y desapareció por la portezuela que comunicaba mi cuarto con el suyo. Un hilo de luz se filtraba siempre por la rendija, escasa ayuda para la lucecita verde que se esforzaba en aliviar la oscuridad sobre el marco de la puerta; la voz amortiguada de la radio me acompañó durante un rato, pero no tardó en hacerse el silencio y la penumbra verdosa quedó huérfana.
No sé a qué hora me dormí, pero cuando lo hice los fantasmas permanecieron. De madrugada desperté empapada en sudor y falta de aire, como si la almohada se empeñara en impedirme respirar. Abrí temblorosa los ojos, tiré del embozo hasta cubrirme la barbilla y tragué saliva. Veía sombras moverse y, cuando fijaba la vista en un intento de atraparlas, desaparecían. Habría gritado, pero temía más la reacción de mi madre que a los fantasmas. Me desconcertaban sus cambios de humor, lo mismo era cariñosa y receptiva, como se volvía dura y exigente. La disciplina y el cumplimiento de las normas caseras eran rigurosas y la debilidad de carácter mal recibida. Nunca le gustó que la llamara de noche, salvo si estaba enferma; no me pareció buena idea. También ella había pasado muy mal día y no tenía a quién pedir ayuda. Miré de reojo la esfera del despertador. Las manecillas brillaban siniestras, pero no fui capaz de saber si eran las dos y cuarto o las tres y diez de la madrugada. En la cortina los dibujos repetían con un patrón macabro la cabeza agujereada del hombre que nos acompañó al banco, tal y como la había visto yo a mi lado sobre el asfalto de la calle Barcas, con una marca en la frente semejante a una cereza podrida y aplastada. Me mantuve inmóvil agarrada con una mano a la colcha convertida en escudo protector, mientras apoyaba el brazo escayolado en el vientre y mi boca se llenaba de una saliva amarga. Si no me hubiera faltado el aire me habría sepultado cabeza incluida buscando protección, pero creí que me ahogaría y quedé con la nariz al descubierto, inmóvil.
Tanta fue la tensión que al cabo de un rato me aventuré a pronunciar un «mamá» imperceptible. Lo repetí más fuerte, pero no me oyó. No quise insistir, las sombras podrían darse cuenta y hacerme algo. Traté de razonar como lo habría hecho ella. «El miedo está en un montón y cada uno coge el que quiere», solía decirme. Yo estaba sola, las sombras solo existían en mi imaginación y la cortina tenía su dibujo de siempre.
No me sirvió de mucho el arrebato de racionalidad y con gran esfuerzo me levanté y salí corriendo hacia el cuarto de mi madre. Rodeé su cama a oscuras, abrí el lado contrario al que ella ocupaba y me metí. En realidad mi madre no dormía, acercó su cuerpo al mío y me abrazó. Sus lágrimas me bañaron el pelo. Y así, abrazadas las dos, tras horas de tensión, el agotamiento nos cerró los ojos y, aunque tuve pesadillas, el cansancio y la protección materna evitaron que despertara. Mis ojos se resignaron a visionar sobre el lienzo de mis párpados de plomo la película que esa misma mañana había cambiado mi vida: aquel hombre con sus gafas oscuras, el descenso a la cámara del banco convertida en una mazmorra, la salida del banco ya presa del miedo y un disparo repetido una y otra vez. Una y otra vez.
A pesar de todo, cuando me desperté para ir al colegio lo hice convencida de que sería un buen día. Nada podía ser más horrible que lo vivido el día anterior.



2



Recuerdo el insistente martilleo del despertador amortiguado por la lejanía de mi cuarto. Siempre me costaba mucho despertar y mi madre, tras varios intentos infructuosos a fuerza de besos aderezados de varios «cariñito, levanta», y «no te hagas la remolona que perderás el autobús», acababa abriendo las cortinas o, si lo anterior no era suficiente, me salpicaba gotas de agua sobre la cara para despejar el sueño. Ese día fueron necesarias ambas cosas.
Amanecí agotada, como si en lugar de dormir hubiera pasado la noche escapando del día anterior. Sentía las mandíbulas doloridas y el cuello y los brazos como estacas. Pero había que levantarse. La presencia de mi madre, la luz del día y el movimiento de la casa me ayudaron a creer que la vida continuaba con normalidad, aunque la escayola de mi brazo constituía una prueba de lo fundamentado de las pesadillas. Mientras me lavaba la cara, medité sobre qué le contaría a los compañeros de clase; y, por si tenía alguna duda sobre qué no contar, mi madre me sermoneó sobre los beneficios de la discreción.
No era la primera que se presentaba en el colegio con escayola ―caídas de la bici, acrobacias en la piscina…―, pero mi historia excedía lo habitual. Los niños no terminan en medio de un tiroteo con el muerto encima. Por fortuna resultó más sencillo de lo esperado, inventé una explicación tonta sobre una caída doméstica y nadie quiso indagar más; mi historia carecía de emoción y tampoco yo estaba muy comunicativa.
Regresé del colegio con la confortable sensación de que la vida volvía a su cauce por efecto de la bendita rutina tantas veces aborrecida; solo era cuestión de tiempo olvidar lo ocurrido.
Bajar del autobús y atenazarme de nuevo la intranquilidad fue todo uno: me bastó ver el sombrío gesto de Adelaida marcado por dos arrugas profundas, desde su nariz hasta la barbilla, mucho más pronunciadas que de costumbre. Tras saludarla se inclinó lo justo para que le diera un beso ―ya éramos casi igual de altas―, no despegó los labios y sus ojos felinos esquivaron los míos.
―¿Qué te pasa? ―le pregunté.
―¿Qué me tiene que pasar? ―repreguntó con aspereza; pero tras titubear, añadió más afable y con un brillo extraño en los ojos―: Mejor vamos a casa, mi niña, y hablas con tu madre.
¿Qué podía ocurrir? ¿Me habría dejado algo fuera de sitio? La última vez que había dejado los zapatos fuera de su lugar me había llevado un guantazo que todavía recuerdo. Se me encogió el estómago segura de que, con los nervios de la víspera, habría hecho algo mal. El orden era sagrado en casa, como una forma de mantener bajo control el Universo y sus circunstancias, de repeler el caos que tanto cariño nos profesaba, y nada debía romper esa armonía. Durante el camino repasé mentalmente cada objeto de la habitación, el baño o el zapatero, por si recordaba algo significativo. Ahora pienso que tampoco esto habría sido motivo para que Adelaida estuviera tan alterada, pero mi imaginación infantil no supo adivinar otro origen de disgusto distinto de lo cotidiano, de aquello que con frecuencia alteraba el cambiante estado de ánimo de mi madre: el desorden.
La blancura extrema de la cara de mi madre, en la que destacaban como dos hogueras en la nieve unos ojos hundidos en sus cuencas, me dejaron claro que, fuera lo que fuese lo sucedido, trascendía a un par de zapatos impertinentes, aunque el vacío que se abrió en mi mente no fue ocupado por ninguna idea nueva.
Me dio un sentido beso y su pena me traspasó. ¿No había pasado ya todo? ¿Por qué estaba así? Una duda tenebrosa me inundó.
―Hija... ―La pequeña nuez de su garganta marcó un movimiento de angustia―. Ha sucedido algo. ―Volvió a dudar―. No sabía si decírtelo, pero te enterarás igual. ―Sus ojos se alzaron para aguantar las lágrimas que veía brillarle entre las pestañas, algo poco frecuente en ella.
Temí preguntar, pero ignorar resultaba insoportable; no recordaba haberla visto con un gesto de pesadumbre semejante, exento de rabia, de la fiereza habitual de sus desahogos, e insistí para quitarme la aprensión de encima o, al menos, para compartirla con ella.
―Ha sido un día muy desgraciado. ―Las palabras surgían con dificultad, cada una impelida por un fuerte suspiro.
Tanta parsimonia me descompuso. Algo horrible se cernía sobre mi persona o sobre las dos.
―¡¿Pero qué ha pasado?!
―Esta mañana abrí el periódico y encontré... Bueno, sé que lo querías mucho, que era casi como un segundo padre para ti... Ven. ―Me hizo una seña para que me arrellanara junto a ella; mi corazón galopaba―. Si pudiera evitarte este disgusto... Es Lorenzo Dávila… ―Hizo una pausa, no sé si por dejarme digerir la noticia o para coger fuerzas con las que continuar. Tal vez para ambas cosas―. Mira. ―Abrió el periódico por la página de las esquelas, lo apoyó entre sus rodillas y las mías y me abrazó.
―No... no puede ser ―balbuceé incrédula ante aquella bofetada en blanco y negro―, lo vi hace un par de semanas y estaba bien…
Contemplé espantada el inmenso recuadro negro, media página, con el ánimo de que fuera un error, una desgraciada coincidencia con el nombre del socio de mi padre, pero el de la empresa aparecía con toda claridad debajo del suyo. No había duda, Lorenzo había muerto.
Mi madre me apretó contra ella farfullando palabras de consuelo. Las lágrimas arrasaron mis ojos a la vez que el dolor me anuló otros sentidos como la vista o el oído. Comparo el pesar que sentí cuando me comunicó, años atrás, la muerte de la bisabuela Elvira y, aquella pérdida, aun siendo de un familiar, la viví de forma diferente. Fue una pena amortiguada por el escaso contacto, los kilómetros de separación, mis pocos años y los muchos que la bisabuela tenía. Tan solo fue una punzada intensa, momentánea, como una inyección de la que solo queda el rumor del pinchazo. Frente a la muerte de Lorenzo, abrazada a mi madre, sentí algo lacerante. No hacía dos semanas que había estado ayudándole con los bolsos, recortando los bordes como él mismo me enseñara. Me resultaba imposible creer que estuviera muerto. Nunca volvería a verle y esta certeza abrió un vacío en mi interior. Había sido como el tío que siempre deseé tener; la persona que me dedicaba un tiempo precioso en las muchas horas que yo pasaba en Loredana ―la empresa de marroquinería y complementos que mi padre le comprara tiempo atrás―, mientras esperaba a que mi progenitor asumiera que su jornada tenía un final. Desde que podía recordar, esos sábados en que mi padre tenía derecho de visita los compartía con Lorenzo hasta la hora de comer. Me había enseñado mucho del negocio y por su boca había llegado a valorar lo que mi padre había conseguido en pocos años con aquella empresa que un día fuera de Lorenzo. No hacía falta que me dijera que me quería, lo sentía en cada gesto; y yo le quería a él, aunque hasta este instante trágico no me hubiera parado a pensarlo. Y lo que era peor, a decirlo.
Mi madre había seguido hablando mientras mi cabeza, ajena a su discurso, se empeñaba en mantener viva la imagen de aquel hombre pulcro y amable.
Hasta que, con una frase, recuperó mi atención:
―...perder un hijo es lo peor que le puede pasar a alguien, no sé cómo podrá superar todo esto. Yo estoy impresionada, pero él... Qué dura puede ser a veces la vida. No busques explicaciones ―yo no buscaba nada, solo intentaba asimilar sus palabras: «perder», «hijo», «superar», incomprensibles para mí, abstraída como estaba por la noticia anterior―, no las hay, las cosas suceden y solo podemos aceptarlas, por mucho que duelan. Porque si lo de Lorenzo es terrible ―las lágrimas fluían por su rostro sin pudor, y su mano buscó el pañuelo que escondía en la manga―, lo de la niña... ―me miró con una dulzura infinita y me apretó más fuerte―, es lo peor que puede sucederle a unos padres y nadie, por malo que sea, merece semejante castigo.
―¿La... niña? ¿Qué niña? ¿Qué padres?
Las lágrimas por Lorenzo dejaron de brotar retenidas en el dique de mi estupor, hasta que seguí escuchando y comprendí. Durante el lapso en que había desconectado de las explicaciones, abrumada por la angustia de la primera desgracia, mi madre había ido deslizando la segunda tragedia del día con la mayor delicadeza. Tanta, que me costó comprender el alcance: nunca podría ver a mi hermanastra, había fallecido a la vez que Lorenzo Dávila, de muerte súbita, en una siniestra coincidencia temporal.
No había llegado a conocer a los mellizos de mi padre ―mi madre no lo permitió y tampoco mi padre intentó reunir a sus tres hijos, dado lo violento de la situación―. Y en este momento fui consciente de que ya era tarde. Aquella mañana aciaga, la niña había amanecido sin vida en su cuna. Desde este día, la expresión «muerte súbita» pasó a formar parte de mi galería de horrores reales.
El temor, el resentimiento y la tristeza me invadieron. Tenía miedo. La muerte ―nunca piensas en ella a estas edades―, se empeñaba en cortarme el paso, en plantarse frente a mí y decirme: «aquí estoy, y ni tu madre ni tu padre ni tú ni nadie estáis a salvo de que mañana os ponga la mano encima». Algo tenebroso ajeno a mi mundo acababa de instalarse en él. La rabia me ayudó a vencer el pánico. Estaba furiosa con ese mundo, con la vida y con mi madre. La hice responsable del muerto del día anterior, me convencí de su falta de afecto hacia Lorenzo y, cómo no, la culpé de no haber conocido a Isabelita. Acudió a mi memoria la conversación entre mis padres espiada tiempo atrás, cuando él anunció su próxima paternidad y su deseo de casarse con Verónica, la futura madre. Un ramalazo de crueldad me inundó, la bilis subió desde el estómago hasta mi boca y escapó:
―¡Estarás contenta, mamá! ―grité entre lágrimas calientes―. Ahora ya no tendrás que preocuparte por si la veo. ¡Nunca podré verla! ¿Qué daño podía hacerme? ¡Sólo era un bebé, y tú no me dejaste conocerla! ―Mi voz iba subiendo en potencia y desgarro―. ¡Estarás contenta! ¡Tú la odiabas, igual que a Charlie! ¡La odiabas! ¡Como a Lorenzo, y a papá! ¡A todos!
Su rostro se transfiguró en segundos. Nunca había contemplado tal desolación, mucho menos en aquella fortaleza que era mi madre. Los límites infantiles del dolor y el abatimiento se dilataron hasta alcanzar niveles adultos. Me arrepentí al instante de haber soltado aquello y me deshice en disculpas torpes, tan sentidas como inseguras, desgranando palabras sin sentido:
―¡No quería decir eso, mamá, de verdad! Esto... esto... es horrible. Lorenzo, Isabelita... ―A Lorenzo podía dibujarlo en mi mente pero Isabel era una sombra en forma de muñeco al que no ponía rostro y eso me causaba gran desazón. Rompí a llorar entre la amargura y el remordimiento.
Su rostro pasó de un tono rojizo, fruto de la congestión y las lágrimas, a una lividez cadavérica, ensombrecido por su ceño convergente:
―Sí has querido decirlo. Ya eres mayorcita para saber lo que dices. ―Sus ojos acuosos me traspasaron―. Bastante lo siento, hija, pero hice lo que debía, aunque no lo entiendas. ―Bajó la mirada y respiró buscando fuerzas; las lágrimas se habían evaporado dando paso a un gesto más amargo que triste―. Aunque no lo creas, a mí también me ha afectado, no soy ningún monstruo. Déjame sola.
―Pero mamá, de verdad que lo siento. ―Escuché mi voz como si no fuera mía, transformada en un susurro aprensivo―. Es que no lo entiendo. ¡No quiero que pase esto! ―Mis puños estaban tan apretados como mis ojos; tardé unos segundos en proseguir―. Lorenzo, Isabelita, lo de ayer... ¿Por qué nos pasan tantas cosas horribles? ¿Qué hemos hecho de malo? No es justo.
―El mundo no es justo. Y tú ―puntualizó con frialdad―, tampoco. Déjame, por favor. ―El dolor desbordaba su rostro y los tendones de su cuello se marcaban como dos cuerdas al borde del desfiladero profundo en que se había convertido su garganta.
Su rechazo se clavó en mi ya mortificado corazón. Poco aire llegaba a mis pulmones, comprimidos por la mezcla de emociones. Por primera vez tuve conciencia de haber sido cruel, de que la maldad podía existir en una niña como yo, aunque la percepción de la culpa se diluía en la tristeza. Pero no quería dejarla así, con esa sensación horrible. Claro que no se alegraba de lo sucedido, solo había que verle la cara. ¿Por qué le había dicho aquellas barbaridades? Yo necesitaba un culpable, alguien responsable de tanta desgracia y ella era quien más a mano tenía.
Tal vez no fuera la primera vez que hacía algo así, pero fue la primera vez que tuve conciencia del daño causado.
―Mamá, de verdad que no pienso lo que he dicho ―afirmé angustiada―. Te quiero mucho. Es solo...
―Si me quisieras no me habrías dicho eso. ―Su cara era una máscara de piedra. Como una ostra cuando la invade una partícula molesta, se bloqueó de golpe; tardaría días en volver a abrirse. Era mejor cambiar de tema y quedaban pocas oportunidades; acababa de levantarse para refugiarse en su cuarto.
―¿Has hablado con... papá? ―pregunté enjugándome las lágrimas con el dorso de la mano.
Frenó buscando de nuevo su pañuelo y levantó la cabeza sin mirarme.
―No... Le llamé cuando encontré la esquela de Lorenzo, pero no me lo cogió y luego, al enterarme... de lo de la nena, me quedé sin habla. Pensé en llamarle, dudé, y el propio Rodrigo me aconsejó que no lo hiciera. Quise evitar que me cayera una tormenta de improperios ―me miró con dureza―, pero mira por donde, los he tenido sin necesidad de buscarlos.
El dolido reproche que su tono y su gesto mostraron fue para mí un trago de aceite de ricino, pero me sobrepuse y continué la conversación con tanta normalidad como pude.
―¿Y qué debo hacer yo?
Conseguí que me mirara, aunque su expresión seguía turbándome.
―Pues yo tampoco lo sé. En realidad me he enterado por Rodrigo Badenes. Me llamó esta mañana. En teoría nadie nos ha informado, ni ha salido en la prensa. No sé si tu padre llamará para decírtelo. En fin..., es una situación muy complicada, trágica, y aunque tu padre te va a necesitar, no sé si estará en condiciones de hablar con nadie.
Me quedé sola con mis dudas y una sensación de impotencia y horror abrumadora.
Esa noche reinó el silencio. Mi madrina volvió a su cuarto al terminar de cenar y Adelaida tampoco nos acompañó mientras veíamos la tele. Mi madre miraba la pantalla, pero una sombra ante sus ojos la mantenía impermeable a las imágenes. Su silencio pesaba tanto como mis pensamientos.
―Mamá... ―La observé de reojo para ver su reacción. No se movió, tan solo me llegó una oleada de frío como la que desprendería un iceberg―. Creo que voy a llamar a papá, aunque no sepa qué decirle. Necesito darle un beso.
Me pasó la góndola con el mismo gesto imperturbable. No sabía si era buena idea pero no podía soportar el silencio.
El teléfono sonó muchas veces antes de que el auricular me devolviera la voz apagada de mi padre, una voz arrancada de un lugar siniestro. Me arrepentí al instante de mi atrevimiento.
―Papá... ―Un nudo en la garganta me impidió proseguir.
―Luci... ―La palabra se quebró al otro lado del teléfono y sentí que nuestras penas se fundían.
―Papi, nos hemos enterado. Estoy... estamos... ―Mi madre se volvió como un resorte con los ojos desorbitados y me quedé sin palabras―. ¿Cómo estás tú?
―Hija, no esperaba tu llamada. Pues... ―Cada palabra se juntaba con la siguiente con dificultad― No sé... Ha sido todo..., tan repentino. Estamos desolados.
―Bueno, no hables papá ―lo sentí tan hundido como años atrás cuando estuve a punto de ahogarme en la piscina y una vez en sus brazos se derrumbó y yo le consolé; a través del auricular llegaban gemidos intermitentes―. Solo he llamado para darte un beso... ―las lágrimas se me escaparon― y decirte que te quiero mucho.
Podía percibir su llanto contenido. Cuando colgamos sentí cierto alivio, a pesar de la congoja. Miré a mi madre. Las lágrimas bañaban sus ojos. Tan solo me rodeó con su brazo y me apretó fuerte.
Iba a ser difícil salir de tanta aflicción, pero pronto aprendí que la vida sigue sin preocuparse de las circunstancias de cada uno, y la muerte no es más que una parte de ella.
Al entierro de Isabelita solo fueron cinco personas: mi padre, Verónica y Manuela ―la madre de Verónica, que se encargó del pequeño Charlie― y una tal Isabel, conocida artista de variedades y vieja amiga de Verónica a quien yo conocería años más tarde. Su hermana Carlota no pudo desplazarse desde Barcelona con los tres niños.
Y al funeral de Lorenzo Dávila, tan solo unas horas después del de la pequeña Isabel, de la familia solo asistió mi padre aunque toda Loredana estuvo presente.
Verónica alegó no tener fuerzas para nada y menos para otro funeral. A nadie le extrañó.


Regreso al contenido | Regreso al menu principal