Fallas 2019

Los que no son de Valencia piensan que las fallas son 4 días, los que transcurren del 15 al 19. En esos cuatro días explota la fiesta, pero la actividad de las comisiones dura todo el año con mayor o menor intensidad. La mayoría funcionan como asociaciones culturales y organizan todo tipo de actividades, desde excursiones hasta conciertos y obras de teatro, pasando por exposiciones o cursos de las cosas más variopintas. Pero además, si hablo de la semana grande, para muchos falleros la fiesta comienza unos días antes de esa fecha oficial que supone el día de la plantá. A partir del 15 todo está listo para revista y en cada comisión no se deja un segundo al azar. Pasacalles, concursos de paellas, de disfraces, verbenas, tardeos,  meriendas para niños, mascletás… Los falleros que han esperado todo el año esos cuatro días salen poco de su demarcación ―su particular y transitoria aldea gala― y tienen pocas posibilidades de ver las fallas. Por esto  la semana fallera realmente comienza para muchos el 14 de marzo, día de la plantá infantil y noche de ver fallas para los falleros. Si alguien de fuera viene y se da una vuelta esa noche del 14, observará un bullir de autobuses y grupos, en muchos casos incluso acompañados por bandas de música o charangas, que como hormigas bien organizadas siguen la misma ruta: Reino de Valencia-Duque de Calabria, Almirante Cadarso, Sueca-Literato Azorin, Cuba-Literato Azorín, Ayuntamiento, Convento Jerusalén-Matemático Marzal, El Pilar, L’Antiga de Campanar, Na Jordana, y Exposición-Micer Mascó.     

Esa noche las fallas están desnudas, mutiladas, sin cuajar, pero para el fallero ya muestran su señorío, lo que van a ser. Puedes ver sus tripas, los sacos de arena que hacen de contrapeso y garantizan la estabilidad de las piezas que se encajan con cuidado. Si tienes suerte, puedes captar el momento en que la grúa corona la falla con el remate, despacio, con sumo cuidado, para que el ensamblaje en ese sacabutx  se produzca sin riesgo ni roces que afecten a la estructura ya plantada. Observas las piezas pendientes de colocar y, como un lector cuando se imagina la película de la novela que tiene entre manos, dibuja en tu mente la falla final, la grandiosidad que va a alcanzar cuando todo aquello que ahora se desperdiga por la plaza ocupe su lugar. Analizas el detalle de la pintura, el colorido, la forma en que las piezas se unen sin que se note que es un puzle tridimensional. Te recreas en el tema, intentas reconocer a los personajes víctimas ese año de la sátira.
A los falleros nos gusta ver a los artistas dando los últimos retoques de pintura para disimular las juntas. No nos importa encontrarnos las figuras envueltas en plástico, tal y como han reposado en el taller desde que fueron concebidas hasta llegar a su calle. De hecho, también hay quienes esa ronda fallera la inician cuando todavía solo hay eso, figuras envueltas en plásticos. Es difícil de entender, pero como dice algún amigo: no eres fallero si no sabes qué es «ir de plásticos». El amor a estos catafalcos es tal que muchos van a verlos como si fueran regalos de los que solo intuyes su naturaleza, y los más avezados solo viendo «plásticos» ya saben qué pueden esperar de esa falla.

Pocos de los que hacen este recorrido prematuro previo a la plantá podrán regresar para ver la obra terminada, pero en su mente habrán compuesto el mapa completo de cada falla y, para bien y para mal, sentirán que ya están cualificados para valorar el posterior criterio del jurado.

Como tantos otros, yo también aprovecho la noche del 14 para hacer esa tourné por las fallas de Especial y otras que encontramos en la ruta, por si no tengo otra oportunidad de salir de mi aldea gala abducida por las actividades de mi comisión. En la de este año disfruté viendo como jóvenes que no llegaban a los 20 años analizaban cada detalle como auténticos profesionales. Falleros de cuna que la viven y disfrutan como antes lo hicieron sus padres. Me hace pensar que, si los políticos no se la cargan, hay futuro para la Fiesta, aunque son muchos los temas a abordar para garantizar su supervivencia.
   

Imagino que se nota que amo esta tradición de la que un día fui su representante. Como todo fenómeno de masas, tiene detractores y defensores, pero últimamente he leído algunos artículos o entradas de blogs en los que se criticaba con rotundidad la concepción estética y humorística de las fallas, para terminar diciendo que hace muchos años que huyen de la ciudad en esas fechas. Y yo me he quedado pensando que si se marchan en cuanto aparecen los primeros ninots en la esquina de su calle y no se molestan en ir a ver ninguna, ¿cómo saben cómo son? Digo yo que para criticarlas tendrán que verlas primero, y además, de cerca. Porque el ingenio y gracia se pone de manifiesto tanto en las figuras como en los textos que las acompañan. Es cierto que la acidez de alguna época ha dado paso a una crítica más blanca, pero está el patio como para ir haciendo chistes de cualquier cosa. La ola de lo políticamente correcto también salpica a las fallas, pero en la vuelta que me he dado he visto críticas de todo tipo: a políticos concretos, a la sociedad, a los pactos, a la economía,  incluso a la Casa Real, con bastante contundencia. Y todavía no estaban los versos en valenciano que suponen el libreto de la falla y que en las fallas de mayor envergadura solo pueden leerse si entras en el recinto acotado. Esto también molesta a muchos, que se pague para verlas de cerca, pero creo que no hay otra fiesta en el mundo que ponga a disposición del público en general algo tan costoso y laborioso, y cuya financiación pesa directamente sobre los miembros de las fallas. Porque las fallas no las paga el ayuntamiento, como alguna vez he oído afirmar. Desde hace no muchos años contribuye solo con un 25%  del coste del monumento para aquellas que solicitan la subvención y cumplen con las bases de la convocatoria. Pero las Fallas ―y esto incluye, además de la falla, las luces, verbenas, espectáculos al carrer, mantenimiento de casales, mascletás de demarcación, carpas, flores…― se financian del bolsillo de los falleros, de las actividades que realizan para recoger dinero  y las empresas que tienen a bien colaborar. Esa pequeña contribución de quien las visita y quiere verla de cerca es una forma de ayudar a que continúen.


Termino invitando a quienes me siguen en el blog y redes sociales a venir alguna vez a Valencia en Fallas. Como dije en el pregón del Turista Fallero ―publicación que recoge todas las fallas que se plantan e información interesante sobre la fiesta y los actos de la semana fallera―:«Empápate, únete a ella, dibújala a pasos cortos y certeros. Encontrarás un pueblo hospitalario, optimista y trabajador, con ganas de disfrutar y de hacer que los demás disfruten, respetuoso con la tradición y abierto a la innovación, donde todos caben. Un pueblo ruidoso, expansivo, tal vez excesivo, como consecuencia de lo efímero de una fiesta que se consume cada 19 de marzo para levantar el vuelo al día siguiente en una carrera infinita, desde hace más de doscientos años».

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