El erotismo en Vargas Llosa

Comentar novelas de autores consagrados siempre me da repelús. No me considero una experta, y tanto si me gustan como si no, me parece atrevido entrar a valorar lo que los expertos ya han sentenciado. Y si encima el autor es un Premio Nobel, todavía más. Pero he leído dos libros de un mismo escritor que me han llamado mucho la atención y aquí estoy.

Se trata de dos novelas de Mario Vargas Llosa que pueden encuadrarse en el género erótico, ahora que está tan de moda. Por cierto, ya será la segunda cosa que tenga en común Vargas Llosa con la autora de las famosas 50 Sombras. La primera me la descubrió David Burguera en el artículo «¿En qué se parecen Vargas Llosa y Cincuenta Sombras?». Las dos novelas como muchos ya habrán deducido son:

    


y empezaré por el principio.

Comencé a leer «Elogio de la madrastra» sin saber de qué iba. Aunque parezca mentira, a veces me recomiendan libros y si me fío del postulante no leo la sinopsis; y confieso también que hasta ese momento no había oído hablar de este libro de Vargas Llosa.

La novela nos cuenta la historia de don Rigoberto, viudo con un hijo preadolescente, y casado con Lucrecia, una bella mujer que le ha cambiado la vida y sobre todo las noches. Don Rigoberto es un hombre maniático y fantasioso, tanto en lo cotidiano como en lo sexual, y a través del libro iremos conociendo esas manías, sus compulsiones y las fantasías que le despierta la voluptuosa madrastra de su hijo. La relación entre estos dos, la madrastra y el niño, se convertirá en una pieza clave de la historia, en realidad en el hilván que unifica la trama, como si fuera el cordel que va ensartando las distintas historias de las que se nutre la novela, en la que como ya hizo en «La tía Julia y el escribidor» va intercalando capítulos de trama con capítulos que narran historias que nada tienen que ver con lo que acontece.

Poco a poco me fui metiendo en la historia, intrigante y sugerente por momentos, y lo devoré en poco tiempo.

Me pareció una genialidad del autor por el derroche de imaginación, por lo singular de los personajes, en particular los de don Rigoberto y su hijo Alfonso aunque todos están magistralmente definidos, y por el uso del lenguaje. El capítulo dedicado a la limpieza intestinal de don Rigoberto es antológico pero no apto para sensibilidades finas. Me pareció envidiable la maestría y riqueza léxica con la que se pueden narrar hasta las cosas más escatológicas en el sentido más gorrino del término, incluso las más sórdidas. Y en medio de esa bitácora de la vida sexual y sensitiva del matrimonio se va deslizando la intriga: conforme se acerca el final te vas dando cuenta de que es mucho más compleja de lo que parece.

Terminé la novela en un suspiro con la sensación de haber leído algo muy bueno ―y breve, por lo que puede aplicársele el dicho―, noqueada por el final del libro que no me esperaba.

Y sabiendo de la existencia de la segunda parte de la historia no dudé en comenzar a leer «Los cuadernos de don Rigoberto». Tal vez ese buen sabor de boca, esa expectativa creada por la novela recién leída, haya influido en la impresión causada por su tardía secuela (porque esta la editó en 1997 y no creo que por dificultades para publicar) que, siendo en estructura muy parecida a la anterior, la experiencia lectora ha resultado completamente diferente.

La historia nos cuenta cómo, tras un distanciamiento entre don Rigoberto y Lucrecia, este llena los vacíos de su alma y su cama escribiendo historias en sus cuadernos. Historias tórridas, confusas, tontas, imaginativas, truculentas, asquerosas, dulces o misteriosas. La mayoría de ellas con carga de sensualidad y erotismo como ocurría en «Elogio de la madrastra», pero mientras allí eran piedras talladas que ensalzaban y enriquecían el texto, aquí han sido piedras en el camino. En varios momentos pensé en abandonarlo, porque la lectura se hacía pesada, densa, innecesaria. Las historias intercaladas de los cuadernos de don Rigoberto me rompían la tensión de la trama y algunas de esas invenciones a mí al menos me resultaron tediosas y sin justificación. La tensión sexual que se consigue en la novela anterior no llega a aparecer en esta salvo en alguna escena, primando el esperpento y el absurdo.

La trama no tiene ese punto de sorpresa que consigue en «Elogio de la madrastra», tal vez porque ya conoces el trasfondo de los personajes, aunque el planteamiento final es bueno.

Lo mejor de la novela: la perfección narrativa (por supuesto), que fue lo que me obligó a seguir leyendo a don Mario de quien siempre aprendo algo; la desbordante imaginación que de la mano de don Rigoberto exhibe el autor; y el final, que como he dicho es bueno, y me ha servido de recompensa por haber llegado a la meta.

Por resumirlo, un buen libro que a mí personalmente no me ha enganchado y se me ha hecho pesado. Cosas que pasan hasta en las mejores familias. Pero repito, es solo mi impresión y a otros muchos les puede resultar más que gratificante y en todo caso, ilustrativa.

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