Empresarios y Reforma Laboral

La de barbaridades y tópicos que llevo oídos esta semana sobre los empresarios, a cuenta de la nueva reforma laboral. Parecen personajes de best seller malo ―puntualizo lo de malo porque los best sellers también tienen su fama y los hay muy buenos―, sin aristas ni matices.

Para muchos, influidos por una corriente muy popular en este país, la figura del empresario se identifica con la de un sátrapa sin escrúpulos que disfruta machacando y torturando a sus empleados, chupándoles la sangre cual vampiro y cuya única obsesión es despedirlos a todos para encontrar nuevas víctimas a las que explotar y sojuzgar con un coste mucho menor. Personajes sin alma ni escrúpulos, cual Gordon  Gekko en Wall Street.

Tan generalizada está esa imagen que se ha intentado cambiar el término «empresario» por esa cursilada de «emprendedor» que suena más a explorador o descubridor de nuevas tierras que a patrón.


Para otros en cambio el empresario es la base de la economía de mercado, el elemento fundamental de generación de PIB y una persona con criterio, sin manías ni egoísmos en la toma de decisiones, que solo hace aquello que será bueno para la empresa y por ende para sus trabajadores, con un halo de infalibilidad que lo consagra a los altares por su bondad y sabiduría. Y aquellos raros casos que no responden a este patrón son eliminados por el sistema y perecen víctimas de su propia ineptitud y escasez de ideas.

Con estas dos figuras maniqueas y antagónicas ya tienen unos y otros la excusa perfecta para estar a favor o en contra de la reforma laboral, ya que el problema no son las medidas aprobadas sino el uso que de ellas haga ese personaje.

Pero lLos empresarios ni son ogros ni santos, son personas como tantas, con sus aciertos y errores, que no tienen por qué ser intrínsecamente ni buenos ni malos. Por mi experiencia profesional los he conocido de todo tipo, de los que explotan, de los que respetan y reconocen los logros, de los que se mueven por amiguismos y solo valoran a quienes les hacen la pelota, de los que se dejan las pestañas trabajando de sol a sol, de los que ayudan a sus empleados cuando tienen un problema personal, tacaños, generosos, déspotas, ecuánimes… De todo. Y la filosofía de empresa que aplicaban antes de esta reforma seguirá siendo la misma después de aprobada.

Yo tengo claras tres cosas. La primera es que la legislación laboral española fruto de la reforma anterior ya incluía muchas herramientas legales para deshacerse de los trabajadores cuando era necesario sin demasiados problemas, y solo hay que ver el número de ERE’s (de los de verdad) que se han aprobado en los últimos años. Lo caro era el despido improcedente e incluso en este caso los empresarios «malos» siempre podían falsearlo como un despido por causas objetivas y si colaba, colaba. También había multitud de contratos diferentes por periodos variopintos además del recurso a las ETT que tan de moda se puso y que aunque fuera precario, era empleo al fin y al cabo. Por tanto aunque algunos clamen que la reforma laboral era tan necesaria la legislación ya daba suficiente margen antes de ella para ajustar las plantillas a la crisis con un coste razonable. El que quería despedir, despedía, y lo seguirá haciendo. Con motivos justificados y racionales, si es de los buenos, y por motivos espurios o egoístas si es de los malos.

La segunda cosa que tengo clara es que ahora la patata caliente del empleo, además de en manos del Gobierno, está también en manos del tejido empresarial, y lo que tendrá que verse es si la reforma sirve para mejorar las cifras de empleo o para lo contrario. Me temo que a corto plazo muchos sean los que aprovechen para adelgazar estructuras pesadas y airear la plantilla si todavía no lo habían hecho. A medio plazo la tendencia debería cambiar incorporando efectivos acogidos a los nuevos beneficios a la contratación. Pero como no sea así y garantía no hay ninguna, el Gobierno lo va a pasar muy mal y los españoles peor.

Y lo tercero de lo que no tengo duda es de que un país sin empresarios, sin empresas, se hunde, sobre todo cuando se encuentra en estado comatoso, y atacarlos por sistema conduce a la ruina. Sin sociedades por pequeñas que sean que generen PIB y coticen, que paguen impuestos, no puede mantenerse un Estado de cuyas arcas hay que pagar el sueldo a tres millones de funcionarios y subsidiar a cinco millones de parados, además de facilitar a todos sus habitantes, legales o ilegales, educación y sanidad gratuitas. Eso, les guste verlo o no a muchos de los que los critican, lo mantiene el sector privado, fundamentalmente la empresa y haríamos bien en dejarlos de ver como los malos de la película para verlos como algo necesario y confiar en que sus ganas de seguir adelante y no perder su patrimonio les lleve a levantar de nuevo sus empresas y crear empleo haciendo un uso correcto de la reforma que han dejado en sus manos. Otra cosa será que lo hagan.

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